¿Otra vez asustados por la influenza?

Pareciera que estamos en el 2009 otra vez. En todos lados rondan las noticias de una nueva epidemia de influenza A (H1N1). El secretario de salud está bombardeado de preguntas en Twitter (nomás busquen el hashtag #influenza). Hasta se está criticando a las escuelas locales por no tomar medidas específicas al respecto. Con todo esto, ¿debemos asustarnos?

La respuesta es un rotundo NO, con mayúsculas, y en negritas.

Les tengo un secreto: hasta antes de la epidemia del 2009, los médicos casi ni le hacíamos caso a la influenza. Es más, ni siquiera la tratábamos con antivirales como el famoso y controversial oseltamivir. Si alguien tenía síntomas sugestivos, se les aconsejaba ir a casa, descansar, tomar líquidos, y tomar medicamentos como paracetamol o ibuprofeno para sus síntomas. Ahora resulta que hasta elogian a las farmacias por tener abasto suficiente del mencionado antiviral como si fuera una panacea y la solución para que el virus no se propague.

¿Qué fue lo que pasó? En el 2009 hubo una mutación mayor del virus. Estas mutaciones pueden ser tan grandes, que el resultado de ellas es prácticamente un virus nuevo. Y cuando se identificó este virus nuevo no se conocía la mortalidad que tenía. Todo el escándalo que se hizo fue porque no se sabía si iba a ser tan mortal como el de la gripe aviar. Ésa fue la razón por la que se tomaron medidas que parecieron extremas hace casi 3 años. Pero ahora se sabe que no es así. El virus A (H1N1) tiene una mortalidad sumamente baja, muy similar al virus “viejo” que todos conocíamos.

Y otra cosa es cierta, este virus no va a desaparecer.

Entonces, ¿para qué asustarnos? Se trata de un enemigo conocido. Un enemigo que es muy molesto, pero al final benigno en la inmensa mayoría de los casos. Un enemigo que sabemos cómo prevenir y controlar: vacunación, lavado de manos.

Así que si tú, tus hijos, o algún familiar tiene síntomas respiratorios, mejor, en vez de entrar en pánico por las noticias, que les dé una checadita su médico. Como diría el Chapulín Colorado, ¡que no panda el cúnico!